Carta a mí misma
A ti, que fuiste yo…
A mí, que soy ahora…
Qué difícil fue mirar adentro… y no huir.
Qué valiente he sido por no disfrazar más mi dolor,
por dejar de esperar que alguien viniera a salvarme.
Aprendí a sostenerme sola.
Y eso… eso es amor verdadero.
Ahora sé que no fue mi culpa.
Que mi valor no depende de quién se quede, de quién me mire, o de si soy aceptada.
Ya no mendigo cariño.
Ya no bajo la voz para que otros no se incomoden.
Ya no pido perdón por ser intensa, profunda o distinta.
No tengo miedo de incomodar con mi luz, ni de molestar con mi verdad.
Porque sé que quien no puede sostener mi esencia… no es hogar para mí.
Ahora sé poner límites sin miedo a perder.
Porque entendí que todo lo que se va cuando me pongo primero…
nunca estuvo realmente conmigo.
Y aquí estoy, con todo lo que soy:
Las cicatrices.
La luz.
La verdad.
Y esta voz que ya no tiembla.
A ti, que serás yo…
Caminarás sin cargar lo que no es tuyo.
No necesitarás recordatorios constantes de tu valor,
porque lo habrás integrado en la piel, en la voz, en la forma en que eliges.
Y si un día alguien intenta hacerte pequeña,
no dolerá: sabrás que no habla de ti, sino de sus propias sombras.
Amarás sin miedo.
Y te elegirás, incluso cuando duela.
Tendrás días de duda, claro que sí…
pero sabrás volver a ti.
Porque habrás aprendido que tú eres tu hogar.
Habrás hecho las paces con el pasado.
No para justificarlo, sino para que ya no tenga poder sobre ti.
Mirarás atrás sin cargar, mirarás adelante sin temor.
Y si algún día olvidas cuánto vales…
mira dentro de ti.
Ahí estaré.
Ahí estarás.
Para ti.
Íntegra. Serena.
Firme como la verdad que te habita.
Me sostengo. Me honro. Me cuido. Me elijo.
Soy mi hogar. Soy mi fuerza. Soy mi paz.