Carta a mí misma

 



A ti, que fuiste yo…

No sabías que estabas rota.
Solo sentías el frío en el pecho y esa urgencia quemante de ser vista.
De niña callaste para no molestar.
De joven diste todo para ser elegida, para ser suficiente, para no quedarte sola.
Y muchas veces… te perdiste a ti misma solo por creer que amar era desaparecer un poco más.

Nadie te explicó que el silencio no debía doler.
Que el amor —en cualquiera de sus formas, ya sea familia, pareja o amistad—
habita en la lealtad.
En los pequeños gestos que nos sostienen sin pedir nada,
en las palabras que no juzgan,
en las presencias que reconfortan.
Y tú merecías todas esas formas de amor.
Merecías cuidados, respeto, ternura y abrigo… en todos los vínculos.

Pero yo estoy aquí. He llegado.
No para exigirte explicaciones, sino para abrazarte como nadie lo hizo.
Sé lo que hiciste para sobrevivir.
Sé cuántas veces te secaste las lágrimas a escondidas,
mordiéndote la voz para no incomodar, tragando tu verdad para no ser rechazada.
Te ofreciste entera a quienes solo sabían tomar.
Y aun así… seguiste creyendo en el amor.
Como quien guarda una flor marchita, con la esperanza de que un día, bajo otra luz, vuelva a florecer.

Hoy, yo florezco por ti.
Florezco desde el dolor transformado, desde la raíz herida que aprendió a sostenerse.
No te culpo por no haber sabido.
No te culpo por haberte conformado.
No te culpo por amar incluso cuando no eras correspondida.
Solo te abrazo, suavemente, y te digo que valías todo, incluso cuando no te dabas cuenta.

A mí, que soy ahora…

Qué difícil fue mirar adentro… y no huir.
Qué valiente he sido por no disfrazar más mi dolor,
por dejar de esperar que alguien viniera a salvarme.
Aprendí a sostenerme sola.
Y eso… eso es amor verdadero.

Ahora sé que no fue mi culpa.
Que mi valor no depende de quién se quede, de quién me mire, o de si soy aceptada.
Ya no mendigo cariño.
Ya no bajo la voz para que otros no se incomoden.
Ya no pido perdón por ser intensa, profunda o distinta.

No tengo miedo de incomodar con mi luz, ni de molestar con mi verdad.
Porque sé que quien no puede sostener mi esencia… no es hogar para mí.

Ahora sé poner límites sin miedo a perder.
Porque entendí que todo lo que se va cuando me pongo primero…
nunca estuvo realmente conmigo.

Y aquí estoy, con todo lo que soy:
Las cicatrices.
La luz.
La verdad.
Y esta voz que ya no tiembla.

A ti, que serás yo…

Caminarás sin cargar lo que no es tuyo.
No necesitarás recordatorios constantes de tu valor,
porque lo habrás integrado en la piel, en la voz, en la forma en que eliges.
Y si un día alguien intenta hacerte pequeña,
no dolerá: sabrás que no habla de ti, sino de sus propias sombras.

Amarás sin miedo.
Y te elegirás, incluso cuando duela.
Tendrás días de duda, claro que sí…
pero sabrás volver a ti.
Porque habrás aprendido que tú eres tu hogar.

Habrás hecho las paces con el pasado.
No para justificarlo, sino para que ya no tenga poder sobre ti.
Mirarás atrás sin cargar, mirarás adelante sin temor.

Y si algún día olvidas cuánto vales…
mira dentro de ti.
Ahí estaré.
Ahí estarás.
Para ti.
Íntegra. Serena.
Firme como la verdad que te habita.

Me sostengo. Me honro. Me cuido. Me elijo.
Soy mi hogar. Soy mi fuerza. Soy mi paz.




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